Aprendamos sobre gestión: volvamos a leer el Principito

PorEmma Giralt

Aprendamos sobre gestión: volvamos a leer el Principito

Todos conoceréis El Principito, libro clásico del escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry que más que un cuento, es una crítica social. En esta obra, a través de los ojos de un pequeño príncipe, el autor analiza el mundo de los adultos tocando temas como el amor, la amistad, el sentido de la vida o el liderazgo de las personas.

Este libro es uno de aquellos que puedo leer mil veces y en cada lectura descubrir nuevas enseñanzas y características totalmente aplicables al mundo empresarial:

La creatividad (habilidad necesaria para emprender tareas no repetitivas, romper esquemas y buscar soluciones con nuevas ópticas). De esa habilidad y la forma de conjugarla con la normalización ya hablamos en el post de la música y la estandarización. En el libro se refleja, por ejemplo, en el momento en el que el narrador no sabe dibujar el cordero que le pide el principito y dibuja una caja.

La imaginación, aunque muy ligada a la creatividad, va un paso más allá englobando la capacidad de “ver” más allá de lo que todos vemos. En nuestras empresas necesitamos abrir los ojos y prestar atención para descubrir los despilfarros y los errores que nos rodean pero que no somos capaces de distinguir inmersos en la rutina del día a día. Recordemos que el narrador, de niño, dibuja una serpiente boa que se traga un elefante, pero los adultos no son capaces de interpretar correctamente la figura hasta que dibuja el interior del animal.

La disciplina y el hábito. ¿Cómo vamos a ser competitivos y mejorar día a día sin disciplina? Unos procesos excelentes que no se cumplen a rajatabla sirven de poco. Cada día debemos dedicar tiempo a la organización del trabajo (y la consecuente ejecución de los planes de forma estricta), y a la mejora de los procesos. Sin desarrollar estos buenos hábitos es difícil avanzar hacia la excelencia.
Nosotros apostamos por la cultura de la mejora sustentada en pequeños cambios, continuos y sistemáticos, que modifiquen la forma de trabajar de las personas y cómo entienden la mejora, convirtiéndola en un hábito. La mejora del día a día debe ir dirigida a eliminar los problemas de raíz, analizando la causa de los mismos e implantando soluciones que hagan que no se repitan.
El autor del Principito representa los problemas a través de los baobabs: “Es una cuestión de disciplina, me decía más tarde el principito. Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar los baobabs, cuando se les distingue de los rosales, a los cuales se parecen mucho cuando son pequeñitos.”

La otra parte interesante del libro es el viaje que realiza el principito por diversos planetas y los personajes que va conociendo. Todos ellos evocan diversas formas de liderazgo de equipos y de participación de las personas en todos los niveles de la organización. No obstante, de todos ellos, hoy quiero destacar a tres.
El primero, el geógrafo, que pasa todo su tiempo dibujando mapas, pero jamás deja su escritorio para explorar. Aunque representa la pasión laboral, es una pasión equivocada. En nuestro trabajo es necesario bajar al Gemba (palabra japonesa que en el argot Lean significa lugar de trabajo) y experimentar, conocer que ocurre más allá de la mesa del despacho para poder tomar decisiones informadas y llevarlas a la práctica.

El segundo, el farolero que no se plantea si su tarea tiene sentido o no. Él lleva toda su vida encendiendo el farol de noche y apagándolo de día; el problema es que la rotación del planeta se ha acelerado y ahora trabaja sin descanso. Esto nos recuerda que las organizaciones y su entorno cambian y debemos revisar los procesos de forma periódica para eliminar las cosas inútiles. Por ello, es necesario dar herramientas a las personas y fomentar el pensamiento científico y la integración de la mejora continua en los puestos de trabajo.

El tercero, y más importante, el zorro que le enseña al principito una lección indispensable para las organizaciones: “lo esencial es invisible a los ojos”. En todas las organizaciones en las que empiezo un proyecto de mejora, lo primero que les planteo es un ejercicio de reflexión sobre el valor, ejercicio que parece sencillo pero no lo es. Teniendo en cuenta que el valor lo define el cliente, no siempre es fácil descubrirlo y debemos hacer un esfuerzo para diferenciar aquello que es esencial para cada cliente (y por lo tanto debemos potenciar) y aquello que es superfluo, un despilfarro, un “Muda” (y deberemos trabajar para minimizarlo o eliminarlo).

¿No creéis que esto nos lo deberíamos plantear en todas las empresas?

Es increíble lo mucho que podemos aprender releyendo un clásico. Y aún queda más, pero lo dejo para una próxima entrada… Un avance, tiene que ver con las nuevas tecnologías, la información y comunicación.

About the author

Emma Giralt editor